Te pillé: lo que te dices a ti misma también te construye

Antes de que lo digas tú

Hay una frase que escucho en consulta casi antes de que la persona se haya sentado del todo, y que suele llegar acompañada de una sonrisa un poco torcida, de esas que piden perdón por adelantado: “ya te aviso de que esta semana lo he hecho fatal, soy un desastre”. A veces cambia la forma, y entonces es “no tengo fuerza de voluntad”, o “yo es que no tengo remedio”, o un “ya me conoces” dicho con resignación, pero el gesto de fondo es siempre el mismo, porque consiste en llegar antes que nadie al veredicto y pronunciarlo en voz alta, gano tiempo y gano seguridad.

Pero no se expresa con dramatismo, qué va, se hace con total naturalidad, así como de pasada, como un dato más, igual que se diría la hora o el tiempo que hace. Y precisamente por eso pasa desapercibido, porque lo que se repite con tanta normalidad deja de oírse como lo que es, una forma bastante dura de tratarse a una misma. Si una amiga te contara exactamente lo mismo que tú te cuentas sobre ti, probablemente la interrumpirías a la segunda frase; contigo, en cambio, dejas que la frase termine y hasta asientes.

La autocrítica como armadura

Cuando miras esta costumbre con un poco de cariño, en lugar de con impaciencia, descubres que tiene una lógica muy humana, porque adelantarse a decir lo mal que lo has hecho es una manera de protegerse: si ya lo he dicho yo, nadie puede pillarme por sorpresa, nadie puede decepcionarse conmigo más de lo que yo ya me he decepcionado, y la crítica que pudiera venir de fuera llega con el terreno ya ocupado. Es una especie de seguro emocional que se paga por adelantado, y que, en muchas ocasiones, se aprendió muy pronto.

El problema es que esto sale caro. Cada vez que te llamas desastre para que no te duela que otro lo piense, te lo estás diciendo tú, con tu propia voz, que es la que más escuchas y la que más crédito te merece, y lo que empezó siendo una armadura termina convirtiéndose en el ruido de fondo con el que vives, en algo tan familiar que ya ni se distingue del propio pensamiento.

Lo que te llamas acaba siendo el papel que interpretas

Las palabras que usamos para describirnos no se quedan en el aire, sino que se van convirtiendo poco a poco en una definición, y las personas tendemos con mucha fuerza a comportarnos de forma coherente con lo que creemos ser. Si me he contado mil veces que soy un desastre, cada vez que me salto la comida, que dejo el plan a medias o que vuelvo a abrir el armario de noche, no lo vivo como un tropiezo puntual que puedo entender y corregir, sino como una confirmación más de quién soy, y eso cambia por completo lo que hago a continuación. Porque contra un tropiezo se puede hacer algo, pero contra una identidad parece que no queda más remedio que rendirse.

Por eso la etiqueta funciona casi como un guion. Te dice qué esperar de ti, te hace fijarte en las veces que fallas y pasar de largo por las veces que no, y cuando por fin haces algo distinto lo despachas como suerte o como excepción, porque no encaja en el personaje. No hace falta imaginar un inconsciente que obedece órdenes al pie de la letra para entenderlo; basta con reconocer algo que todas hemos vivido, y es que resulta muy difícil sostener un cambio que contradice la historia que te cuentas sobre ti misma, y muy fácil volver a lo que esa historia predice.

Por qué “háblate bonito” no funciona

La respuesta rápida a todo esto sería decirte que te hables bien, que te trates con amor, que te mires al espejo y te digas cosas bonitas, y entiendo por qué se dice, pero en la práctica suele servir de poco y a veces hasta empeora las cosas. Esa voz que te llama desastre no es algo que tú decidas encender cada mañana, sino algo que funciona solo, en automático, con la misma soltura con la que conduces un trayecto conocido sin acordarte después, y no se puede sustituir por decreto algo que ni siquiera ves que está pasando.

Además, cuando una se obliga a repetir frases amables que no se cree, lo que suele aparecer no es alivio sino una sensación de impostura, y con ella un nuevo motivo de reproche, porque ahora resulta que tampoco eres capaz de quererte como dicen que deberías. Así que el camino no empieza por cambiar el contenido de lo que te dices, sino por algo más humilde y mucho más eficaz, que es darte cuenta de que te lo estás diciendo.

Te pillé

El primer paso, el que de verdad abre la puerta, es casi un juego: aprender a cazarte en el momento exacto en que esa voz aparece y decirle, por dentro, “te pillé”. No hace falta discutirle ni rebatirle nada todavía, ni sustituir la frase por otra mejor; basta con notarla, con escucharla como se escucha a alguien que habla en la mesa de al lado, y reconocer que eso que acaba de sonar en tu cabeza es una frase, no un hecho, y que la está diciendo una parte de ti muy acostumbrada a hablar, no la totalidad de lo que eres.

Ese pequeño gesto crea una distancia que antes no existía. Mientras la frase y tú sois la misma cosa, “soy un desastre” se vive como una verdad, pero en cuanto puedes observarla aparece un espacio, aunque sea de un segundo, entre lo que la mente dice y lo que tú decides hacer con ello, y en ese espacio es donde empieza a ser posible elegir. Nadie puede cambiar algo de lo que no es consciente, y por eso este primer paso, es en realidad el que hace posible todos los demás-

Al principio te pillarás tarde, cuando ya te has dicho lo que te has dicho y has actuado en consecuencia, y está bien que sea así. Con la práctica te irás pillando antes, a mitad de frase, y algún día la notarás justo cuando empieza a formarse. Y conviene no convertir esto en otro examen, porque si cada vez que te pillas te riñes por haberte pillado, la vieja voz habrá encontrado una manera nueva de seguir mandando; cada “te pillé”, por tarde que llegue, ya es un acierto.

Y después, cambiar el tono

Una vez que la voz deja de pasar desapercibida, entonces sí tiene sentido trabajar lo que le respondes. “Soy un desastre” es una frase enorme, que abarca toda tu persona y todo tu pasado, mientras que “esta semana me ha costado sostener las comidas porque he dormido fatal y he tenido mucho trabajo” describe lo que ha pasado sin convertirlo en una sentencia, y además te deja algo concreto con lo que trabajar. La primera frase te cierra; la segunda te devuelve un margen de acción.

A veces ayuda preguntarte cómo le hablarías a tu hija, o a una amiga a la que quieres, si viniera a contarte exactamente lo mismo, no para fingir una dulzura que no sientes, sino para recordar que ya sabes tratar a alguien con comprensión y firmeza a la vez, sin humillarlo y sin quitarle responsabilidad. Tratarte bien no significa darte la razón en todo ni justificarlo todo; significa hablarte de un modo que te permita volver a intentarlo mañana, en lugar de uno que te convenza de que no merece la pena.

Las palabras también son terreno

En consulta hablamos mucho de lo que comes, de cómo duermes, de tus hormonas y de tu digestión, y todo eso importa muchísimo, pero cualquier cambio que intentes construir va a crecer sobre el terreno de cómo te tratas, y si ese terreno está lleno de sentencias, lo nuevo cuesta el doble de sostener. Por eso te propongo que cuando te escuches hablarte así, te quedes un segundo mirando esa frase antes de creértela. Ese segundo es tuyo, y es el lugar desde el que empieza todo lo demás.


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