M. entra en consulta, se sienta y comienza a contarme…
Al poco rato, con la naturalidad de quien te dice que hoy está nublado, me suelta:
—Yo es que llevo veinticinco años sin desayunar, Lydia. De verdad, es que por la mañana no me entra nada. Imposible. Tengo el estómago cerrado.
Lo cuenta con una tranquilidad pasmosa. A ella le basta con un café.
Pero en cuanto empezamos a tirar del hilo, la normalidad se desmorona. Lo que subyace es la obediencia militar.
Le pregunto por las comidas de su infancia, no por el desayuno. Y el monstruo sale solo: “Hasta que no te acabes todo, no te levantas de la mesa”. Se lo grabaron a fuego su madre, su padre, su abuela… Delante de ella, con los brazos en jarra y el chantaje emocional de “los niños de África”, el puré frío que flotaba en el plato tres horas después, y esa maravillosa y violenta premisa de: “Aquí se come lo que yo diga, cuando yo diga y la cantidad que a mí me parezca”.
Ahí fue exactamente cuando, con todo el amor del mundo, pero la puntería más nefasta, nos empezaron a desconectar el cable del cuerpo.
M. se acuerda perfectamente de la sensación de estar llena a la mitad del plato y seguir tragando con un nudo en la garganta y, a veces con lágrimas en los ojos, porque su estómago no tenía voz ni voto; la única autoridad válida era el plato limpio. Treinta años entrenando exactamente lo contrario de lo que su cuerpo le pedía. Y su cuerpo, que es un alumno aplicado, aprendió la lección al milímetro: que la saciedad es una falta de respeto y que lo sensato es ignorarse.
Ahora M. no distingue si tiene hambre, si tiene ansiedad o si mastica por inercia. Lo llama “no tener apetito”. Yo lo llamo tener el instinto amordazado desde antes de la comunión, por pura obediencia retroactiva.
Lo trágico que compartimos casi todas —yo incluida— y arrastramos desde aquella época, es que somos capaces de tomar decisiones vitales, resolver marrones monumentales, gestionar equipos y leernos concienzudamente la letra pequeña de todo lo que firmamos para que nadie nos estafe.
Pero cuando nuestro propio cuerpo nos manda una señal de socorro, nos encogemos de hombros y miramos para otro lado. Nos da igual que nos tiemble la mano a las cinco de la tarde porque llevamos ocho horas a base de cafeína y suspiros. Decidimos de niñas que esa señal era ruido de fondo, (no te fíes M.), y ahora claro, ni la oímos.
Se lo digo así, tal cual, cruzándome de brazos.
Se ríe. Una risa de esas que escuecen un poco, porque se ha visto reflejada en el espejo sin maquillaje.
—O sea, que me he especializado en ignorarme a mí misma para que mi madre no me riña desde el pasado.
—Exacto. Estás boicoteando tu salud para seguir siendo la niña buena que deja el plato limpio.
Y lo peor no es el desayuno que no se toma. Lo peor es que cuando decides bajar el volumen del cuerpo, el dial no tiene botones independientes. Si apagas la señal de hambre (o la de estar saciada) apagas también el cansancio que te avisa de que pares, la reunión que te está drenando la vida (de la que sales diciendo que estás “genial, sin problema”) y ese dolor de estómago que llevas meses arrastrando y que le atribuyes alegremente al estrés. No es el estrés, M. Es que tu intestino lleva un año con la sirena de alarma encendida y tú estás haciéndote la sorda porque tu cerebro todavía cree que, si te quejas, te vas a quedar castigada.
Le explico cuatro cosas sobre el cortisol y la variabilidad cardíaca —básicamente, que su sistema nervioso vive en un tiroteo constante— y me suelta la frase que me hizo escribir esto:
—Qué ridículo, ¿no? Capaz de plantarle cara a cualquiera en mi vida adulta, y la única persona a la que sigo obedeciendo como una niña asustada es al fantasma que me obligaba a acabarme el puré frío.
Ahí lo dejamos. No prometimos a partir de ahora comenzar a desayunar con velas y presencia. Solo le pedí un favor para la cena: que la próxima vez que vaya por la mitad del plato y note que ya no tiene hambre, mire el tenedor, respire y decida si va a comer ella o si va a seguir limpiándole el plato a una autoridad que ya no existe.

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