No engordas porque comes más. Engordas porque perdiste la hormona que gestionaba tu azúcar.

Lo que nadie te explica sobre el metabolismo en menopausia es que no cambia porque envejezcas. Cambia porque perdiste el sistema hormonal que lo regulaba.

Durante años funcionaba. Comías con cierto orden, te movías, y tu cuerpo respondía. No perfectamente, no siempre, pero respondía. Entonces había una lógica que podías seguir.

Y de repente algo cambió. Algo interno que nadie te explicó, que probablemente nadie te nombró, y que lleva meses o años haciendo que lo que antes funcionaba haya dejado de funcionar.

La explicación sencilla que dan: es la edad y te aguantas, o es el metabolismo que se ralentiza y lo que tienes que hacer es comer menos y moverte más.

Pero no es eso. El problema tiene un mecanismo preciso. Y cuando lo entiendes, lo que estaba pasando deja de parecer un fracaso personal y empieza a tener una explicación fisiológica que nadie te había dado.

Lo que los estrógenos hacían mientras estaban

Aquí está el error de base en casi toda la conversación sobre menopausia y metabolismo: se habla de los estrógenos como hormonas reproductivas. Como si su único trabajo fuera el ciclo menstrual y la fertilidad.

Pero los estrógenos son bastante más.  Son reguladores metabólicos sistémicos. Y llevan décadas gestionando procesos que no tienen nada que ver con la reproducción, y todo que ver más bien con cómo tu cuerpo usa la energía, dónde almacena la grasa y cómo responde a la insulina.

En el músculo y en el hígado, facilitan que el receptor de insulina funcione con eficiencia. Que la glucosa entre en la célula con la cantidad correcta de insulina, sin que el páncreas tenga que trabajar en exceso.

Esta regulación lleva activa en tu cuerpo desde la pubertad pero tan silenciosa ella que su ausencia solo se percibe cuando ya no está.

Al mismo tiempo, los estrógenos regulan dónde se deposita la grasa. Favorecen el depósito periférico — caderas, muslos, glúteos. Porque esa grasa periférica es metabólicamente diferente a la grasa visceral: menos inflamatoria, menos activa hormonalmente y menos implicada en el riesgo cardiovascular y metabólico. El cuerpo tenía una razón para ponerla ahí.

Y desde el hipotálamo, modulan el apetito, el gasto energético en reposo y la termogénesis..

Cuando los estrógenos caen, los tres mecanismos cambian al mismo tiempo. No de forma simultánea. Qué va. Todo a la vez.

Lo que ocurre cuando caen

Sin el efecto de los estrógenos, el receptor de insulina responde con menos eficiencia. La glucosa no entra en la célula tan fácilmente. El páncreas interpreta esa resistencia como una señal de que necesita producir más insulina para conseguir el mismo efecto. La insulina sube. Y con insulina crónicamente elevada, el cuerpo entra en modo de almacenamiento de energía (no de uso, que es lo que querríamos…)

Esto no es un diagnóstico de diabetes ni de prediabetes necesariamente. Es un cambio en la señalización que ocurre de forma gradual en muchas mujeres en la transición menopáusica. Y produce exactamente lo que describes: comes lo mismo de siempre, o incluso menos, y el cuerpo responde de forma diferente.

Al mismo tiempo, sin los estrógenos que favorecían el depósito periférico, la grasa se dirige al abdomen. Y esta grasa no es equivalente a la que tenías antes. La grasa visceral secreta señales inflamatorias que el cuerpo lee como alarma crónica. Esto deteriora aún más la sensibilidad a la insulina y crea un círculo que se retroalimenta.

Más grasa visceral. Más inflamación. Más resistencia a la insulina. Más almacenamiento de grasa visceral.

Ese círculo no se rompe comiendo menos. Se rompe interviniendo en la señalización.

Por otra parte, el hipotálamo, sin el feedback estrogénico, entra en un estado de relativa hiperactividad. Eleva el tono simpático (de ahí parte de los sofocos), altera las señales de hambre y saciedad, el gasto energético en reposo baja (y no solo por la pérdida de masa muscular sino por este cambio en la regulación central).

Todo esto ocurriendo a la vez.

Por qué comer menos no resuelve esto

Cuando el problema es de señalización hormonal, la restricción calórica actúa sobre la variable equivocada.

Reducir calorías baja el aporte de energía. Pero no mejora la sensibilidad del receptor de insulina. No reduce la inflamación que genera la grasa visceral. No recupera la regulación hipotalámica que se perdió con los estrógenos. No rompe el círculo vaya.

Lo que sí puede hacer la restricción calórica crónica en este contexto es empeorar las cosas.

El déficit sostenido activa el eje del estrés, esto es, sube el cortisol. Y el cortisol antagoniza la insulina, elevando la glucosa basal y forzando al páncreas a producir más todavía. Más restricción, más cortisol, más insulina, más almacenamiento.

El cuerpo interpreta el déficit como escasez y se defiende.

Esto explica algo que muchas mujeres describen con una mezcla de frustración y desconcierto: como menos que nunca y engordo igual o más.

No es una paradoja. Es como funciona todo el conjunto.

Lo que llevas décadas oyendo sobre la grasa estaba incompleto

Hay algo que creo que merece atención específica porque lo tenemos grabado a fuego en el inconsciente y hay que empezar a romperlo.

Las hormonas sexuales — estrógenos, progesterona, testosterona — son hormonas esteroideas. Se sintetizan a partir del colesterol. El colesterol es la materia prima de la que está hecho el sistema hormonal. Si es la materia prima, no puede ser entonces el enemigo, ¿no?

Cuando en menopausia el cuerpo intenta compensar parcialmente la caída estrogénica a través de las suprarrenales, necesita colesterol para hacerlo. Cuando la vitamina D (que es crítica en esta etapa para la salud ósea, inmune y metabólica) se sintetiza a partir de la exposición solar, el sustrato de esa síntesis (lo imprescindible vaya) es también el colesterol.

Una dieta muy baja en grasa en menopausia no es neutra. Puede comprometer la capacidad del cuerpo de hacer lo poco que todavía puede hacer hormonalmente con sus propios recursos.

La grasa no es el problema en esta etapa. En muchos casos es parte de la solución.

No estoy diciendo que la calidad no importe, porque importa mucho. Estoy diciendo que el miedo al colesterol dietético, que la literatura científica lleva años revisando, tiene consecuencias especialmente relevantes en mujeres postmenopáusicas que necesitan ese sustrato para sostener procesos fundamentales. Y que una dieta restrictiva en grasa sobre un sistema hormonal ya comprometido es una decisión que, al menos, merece ser cuestionada.

Por qué el ayuno tiene lógica fisiológica directa sobre este problema

Cuando el problema central es la resistencia a la insulina y la hiperinsulinemia crónica, la intervención más directa no es cambiar qué comes ni la cantidad, sino cambiar cuándo comes.

El ayuno baja la insulina. Y esto es sencillo de entender: sin glucosa entrando, el páncreas deja de segregarla de forma sostenida. Con insulina baja de forma mantenida durante las horas de ayuno, el receptor de insulina se recalibra, recupera sensibilidad y las células vuelven a responder con menor cantidad de insulina.

Eso interrumpe el círculo. Y cuando el círculo se interrumpe, el cuerpo puede volver a usar la grasa como combustible en lugar de almacenarla.

Hay más mecanismos implicados (la autofagia, la hormona de crecimiento pulsátil, la reducción de la inflamación sistémica). Los iremos desarrollando en los siguientes artículos.

Pero el mecanismo central, el que actúa directamente sobre el problema específico de la menopausia metabólica, es este.

El ayuno baja la insulina de forma sostenida. Y eso es exactamente lo que el problema necesita.

La lógica es perfecta. El resultado, no siempre.

Hasta aquí el argumento cuadra. El ayuno actúa sobre los mecanismos que la menopausia desregula.

Sin embargo hay mujeres para las que el ayuno no produce los resultados que promete. Mujeres que entienden el mecanismo, que lo aplican correctamente, y que se encuentran con más ansiedad, más insomnio, más sofocos. O simplemente con que la báscula no se mueve, aunque todo lo demás diga que debería hacerlo.

Eso no es un fracaso ni del ayuno ni de ellas.

Es información sobre algo que la fisiología del metabolismo, por sí sola, no puede explicar. Algo que tiene que ver con el estado del sistema nervioso que recibe el ayuno. Algo que tiene que ver con cómo ese sistema en particular interpreta que baje la glucosa y el cortisol suba para compensar. Con si hay reserva adaptativa suficiente para que el estresor fisiológico (el ayuno) produzca adaptación  o si lo que produce es una carga más.

Esto lo abordaremos en profundidad en el siguiente artículo.

Porque entender por qué el ayuno tiene lógica metabólica en menopausia es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es entender qué determina que esa lógica se traduzca en resultados.

Este es el segundo artículo de la serie Ayuno en menopausia. Lo que nadie está contando bien. El primero — sobre el marco desde el que leer todo lo que viene después— lo puedes leer aquí.


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