La mayoría de mujeres que acompaño arrastran una mezcla que se repite con una precisión casi quirúrgica: ansiedad que no da tregua, cansancio que no responde ni a dormir más ni a “poner orden”, digestiones torpes, inflamación que aparece y desaparece según el nivel de presión del día, y una relación con la comida que se vuelve caótica justo en los momentos de mayor saturación. Esto no es casualidad, ni cuestión de personalidad. Es el resultado de un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo trabajando por encima de su rango saludable y de unas hormonas que están intentando sostenerte como pueden. Cuando mezclamos ansiedad, alteraciones hormonales, hambre emocional y fatiga persistente, la explicación no está en la fuerza de voluntad. Está en la fisiología.
El sistema nervioso toma decisiones antes que tú
Cuando una mujer vive en un estado prolongado de vigilancia —ruido mental constante, autoexigencia, hipersensibilidad al entorno, dificultad para desconectar— su sistema nervioso autónomo se inclina hacia la dominancia simpática. No es un concepto abstracto: significa que tu cuerpo interpreta lo cotidiano como una amenaza constante. Ahí cambian el ritmo cardíaco, la respiración, la digestión, la regulación metabólica y la forma en la que el cerebro procesa la información.
Y, en ese estado, lo normal es tomar decisiones impulsivas con la comida, sentir el estómago cerrado o experimentar antojos de alimentos rápidos. No porque no sepas hacerlo mejor, sino porque tu cuerpo está funcionando desde la supervivencia.
Cortisol: el eje entre la ansiedad, el hambre y la energía
El cortisol lleva mucho tiempo siendo malinterpretado. No es el enemigo. Es el mecanismo que te mantiene activa cuando todo alrededor se vuelve exigente. El problema aparece cuando el estrés deja de ser un episodio puntual y pasa a ser la línea base. Entonces el cortisol empieza a alterar la glucosa, la inflamación, la claridad mental y, sobre todo, la forma en que tu cerebro gestiona la urgencia.
En ese punto es habitual que aparezcan antojos, dificultad para tomar decisiones sensatas con la comida y una sensación de “voy a tirarme a lo primero que vea”. Esto es simplemente el eje HPA intentando estabilizarte.
El hambre emocional no es solo emocional: tiene un cuerpo detrás
Se habla mucho del hambre emocional como si fuera un problema de gestión emocional o de “no saber parar”. Pero el comportamiento alimentario que aparece en estados de saturación tiene una base neurohormonal clarísima. Cuando hay oscilaciones glucémicas, cortisol elevado, inflamación baja pero sostenida y un sistema nervioso en alerta, la comida se convierte en un regulador interno.
Este es el único recurso rápido que tu cuerpo percibe como disponible en ese momento.
La fatiga persistente tiene rostro, origen y explicación
Ese cansancio que no mejora, aunque hagas las cosas “bien”, no suele tener que ver con una vitamina. Tiene que ver con un sistema neuroendocrino que lleva años ajustándose para poder seguir. En ese proceso se altera la tolerancia al estrés, se reduce la motivación espontánea, se modifica la respuesta de la tiroides, baja la progesterona en muchas mujeres y la señalización de la insulina se vuelve irregular.
Es el cuerpo diciendo basta. Y lo hace de la única manera que tiene: reduciendo tu energía para obligarte a frenar.
La recuperación exige precisión, no más fuerza de voluntad
Aquí es donde la mayoría de recomendaciones fallan. No basta con relajarse, meditar o comer más sano si el sistema nervioso está rígido y las hormonas están respondiendo fuera de rango. La recuperación real exige trabajar sobre tres planos simultáneos: el neuroendocrino, el autonómico y el nutricional. Sin esa triada, todo se queda en parches.
Se integra estabilidad glucémica, ritmos circadianos, señalización del cortisol, función ovárica y tiroidea, respiración orientada a la regulación vagal, digestión, absorción y la reducción de estímulos que tu cuerpo interpreta como amenaza. No se trata de hacer más, sino de hacer lo adecuado para que tu cuerpo pueda salir del estado de supervivencia.
Cuando eso ocurre —y ocurre— la ansiedad se suaviza, el hambre emocional se vuelve manejable, el sueño mejora y la energía deja de ser un recurso escaso.
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